Regalo
Para tod@s, pero en especial para Laura , os dejo un enlace . He ordenado la mayor parte de mis relatos (inconclusos) en una web muy sencillita de mi creación. Cuando me vuelva la inspiración iré subiendo alguno más.
Saludines
Para tod@s, pero en especial para Laura , os dejo un enlace . He ordenado la mayor parte de mis relatos (inconclusos) en una web muy sencillita de mi creación. Cuando me vuelva la inspiración iré subiendo alguno más.
Saludines
(Un relato... o algo así)
Al principio, nada, solo oscuridad. Sus sentidos eran incapaces de percibir ningún estímulo. Su mente tampoco era capaz de recordar nada y sus pensamientos eran solo madejas de hilos amontonadas, en el más absoluto de los caos.
Poco a poco fue sintiendo cosas y su cuerpo se fue dibujando de nuevo a medida que le llegaban más sensaciones. Un paso, y otro, y luego otro, y luego otro. La acera bajo sus zapatos, a pesar de todo era capaz de caminar, a pesar de todo, aun estaba vivo y era capaz de sentir cosas. Que fueran sensaciones agradables era otro cantar...
El suelo estaba helado y el frío se colaba desde las suelas de sus zapatos. No era una sensación agradable, pero a la vez que el frío iba trepando por su cuerpo, se iban dibujando piernas, tronco, brazos, manos... cabeza.
Sus pensamientos todavía eran confusos, pero al menos tenía algo en lo que concentrarse, poner un pié delante del otro y seguir caminando, sin perder el equilibrio.
Todo era silencio y penumbra. Apenas escuchaba sus pasos resonando contra la acera, su respiración agitada y los latidos de su corazón. Tal era el silencio que podía escuchar incluso el rumor de sus pensamientos y eso le asustó, porque tenía entendido que pensar era algo silencioso.
Se detuvo un instante y miró hacia arriba. Entonces descubrió el azul oscuro del cielo del anochecer (aunque no recordara todavía lo que era el cielo ni tampoco un anochecer). Y un puntito de luz allá arriba –la luna- y con el brillo de aquella cosa desapareció la penumbra y el silencio y comenzó a sentir más cosas, tantas que le abrumaron.
Se deslizaba en una marea de hombres sin rostro, al atardecer. En realidad, aquellos hombres y mujeres si que tenían rostro, pero no conocía a ninguno de ellos, por lo que todos los rostros se le antojaban iguales. En torno a ellos, un laberinto de agujas de hormigón que acariciaban aquella inmensidad azul oscuro que estaba sobre sus cabezas. Agujas de hormigón acero y cristal, miles de ventanas de cristal espejado que parecían ojos, desde los que seguro otra marea de hombres sin rostro le observaban, cientos de miradas clavadas en él, intentando adivinar quién era, donde se dirigía e incluso lo que pensaba...
Sintió que necesitaba un abrazo y pensó que él podría abrazar a casi cualquiera de aquellos seres sin rostro que le rodeaban, pero no estaba seguro de que ni uno solo de esos seres estuviera dispuesto a abrazarle a él. Y se sintió solo y pequeño, le costó seguir caminando, el peso de su cuerpo parecía haberse multiplicado por dos. Se dio cuenta de que llevaba colgado en bandolera su preciado saco de los recuerdos y lo apretó con fuerza contra su cuerpo, buscando en aquel objeto inerte el calor de un abrazo que nadie quería darle.
Y en aquel instante tuvo un déjà-vu tremendo. Supo que lo que sentía ya lo había vivido, aunque entonces su saco de los recuerdos estuviera cargado de regalos y las ganas de llorar fueran más fuertes. De ese momento le separaban ya algunas lunas (con gran esfuerzo había recordado ese puntito de luz era la luna) y entonces se alejaba de otro lugar distinto y a la vez semejante, a los mandos de aquella nave que tanto le costaba pilotar, intentando que las lágrimas le dejaran ver los mapas estelares.
Y se dio cuenta de que, todo aquello cuanto había sentido y vivido, no tenía sentido alguno, es más, no servía para nada.
Seguía caminando, sin rumbo fijo, temeroso de detenerse, porque quizás si se quedaba parado sería blanco de las miradas de aquellos hombres sin rostro, mientras se dejara arrastrar por la corriente sería uno más. Aunque, por mucho que caminara, quizás nunca sería capaz de encontrar su lugar en aquel extraño planeta. Y quizás nunca encontrara descanso.
Aquel laberinto era muy ruidoso, aquellos sonidos horribles apenas le dejaban concentrarse en sus pensamientos. Recordó que en su preciado saco de los recuerdos llevaba una ciber-caja de música. Le bastó pensar en ella para que aquel prodigio de la tecnología pusiera en sus oídos melodías conocidas, acordes con su estado de ánimo.
La luz había menguado, pero pronto se encendieron falsos soles, su luz era fría y aséptica, pero al menos podía ver donde pisaba, caminar sin tropezar con ninguno de aquellos seres sin rostro. Aquellos falsos soles arrancaban destellos igualmente falsos en los ojos de cristal de las agujas de hormigón que le rodeaban. Recordó el frío tacto del vidrio en sus manos. Después de unos pocos segundos, se dio cuenta que lo que sentía solo podía compararse a una cosa que pudiera imaginar: estar desnudo sobre una cama de cristal helado.....
Pd. opinad sobre el relato en los comentarios, porfa ... Quería transmitir sensación de "agobio" (como estar en un laberinto) y de confusión....
(* título inspirado en la película 60 segundos)
Es esencial no llamar la atención, hay que mimetizarse con el lugar en el que te encuentras.
Apenas un instante, dejó de caminar y observó su ropa. Vaqueros desgastados, sudadera, abrigo de hipermercado, bastante corriente, botas (las había comprado en una tienda de vestuario laboral, calzado de seguridad con puntera reforzada, le habían indicado. No destaba incorporarlas a su indumentaria), guantes y gorro. En un polígono industrial no llamaba la atención sino todo lo contrario. Si la ocasión lo hubiera requerido, se habría enfundado un traje de Armani. Desde luego, con traje y corbata se sentía mucho más a gusto. Recordaba las palabras de su padre, sobre causar buena impresión, ir bien vestido. “Nadie sospecha de un hombre con traje”. Sonrió. Si él supiera lo que había hecho con tal vestimenta.
Con un rápido vistazo, un gesto aparentemente casual, comprobó que no había nadie a su alrededor. Se estaba aproximando a su objetivo, un vetusto y enorme todo terreno. Podía elegir el que más le gustara, delante de tus ojos se alineaba una decena o más, todos blancos y asépticos.
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Ni treinta segundos y el motor estaba en marcha. Le pareció demasiado fácil, acostumbrado a los sofisticados sistemas de seguridad de BMW, Mercedes, Audi, Ferrari, Porche, las cerraduras y el contacto del veterano 4x4 japonés se le antojaron de juguete. El áspero sonido del motor diesel era casi desagradable ... los pedales, el cambio, demasiado duros. Pero era lo que le habían pedido, pagaban bien, no hizo preguntas. Seguramente lo querrían para estrellarlo contra el escaparate de alguna joyería, no era asunto suyo. Ver oír y callar.
Se alejó de allí con toda naturalidad. Ni deprisa ni despacio, para no llamar la atención.
Al entrar en la M-40 se dio cuenta, como esperaba, que aquel trasto era lento y de reacciones pesadas, como un paquidermo. En sus sentidos conservaba el recuerdo del ultimo coche que.... (sonrió)..... bueno...... Un Subaru Imprezza, pensar que los dos estaban fabricados en Japón, esa maravilla de la tecnología y aquel cacharro que le costaba pasar de 100.
Sonó el móvil.
-¿Lo tienes?-
-Por su puesto. En 10 minutos lo tenéis donde acordamos-
-Perfecto-
Mientras guardaba el teléfono en el bolsillo del abrigo... apenas fue un instante. Su mirada se posó en la palanca de la caja de transferencia. Enrollada en torno a la palanca, a la altura del fuelle de goma que ocultaba los reenviaos, una pulsera de cuentas multicolores.
Se quedó petrificado, rígido, aferrado al volante, intentando buscar algo de consuelo en su tacto, un punto de apoyo. No tenía tiempo que perder... le estaban esperando, tenía un encargo que cumplir. Pero la pena y la curiosidad pudieron más, salió de la autovía por el primer desvió. Una gasolinera, perfecto. Allí no llamaría la atención. Paró el coche un instante y cogió la pulsera.
-No puede ser-
Era idéntica a una que ella solía usar. Le traía suerte, decía. Siempre la llevaba en el tobillo izquierdo.
Guardó la pulsera en el bolsillo de la cazadora y volvió a arrancar. Le rodaban lágrimas por las mejillas, temblaban sus manos... pero tenía un trabajo que hacer.
Flores. A ella le gustaban. Se prometió que mañana llevaría flores a su tumba.
Es tu montón,